Defender el deseo en el grito de la queja
Prejuicios hay en todos lados. El campo de la histeria no ha sido una excepción en este sentido. Se ha dicho que nada la conforma, que es mostradora, que excita pero no concreta, que es quejosa, superficial y exagerada y otras tantas calificaciones difíciles de entender viniendo de los analistas que las tratan.
En algunos ámbitos se ha considerado que es más fácil de tratar que la neurosis obsesiva o inclusive que la fobia, se la supuso sencilla y se la ha tratado de “acotar” acusándola de no implicarse.
Hay resonancias freudianas en estos planteos, es cierto, pero es igualmente importante lo que suele quedar silenciado de la propuesta de Freud tras ellas: la histeria tiene algo que decir y que el modo de decirlo es la neurosis misma. Tomemos este sesgo entonces, desandemos el camino, juguemos por un momento a que la histeria no es un cuadro de la psicopatología, escuchemosla absteniéndonos de las significaciones sociales comunes.
Degradar el cuadro tratándolo como si fuera un capricho, una acción irreverente por falta de voluntad para el cambio, es desentendernos de lo que ella viene a decir. ¿Si dijera “sí pero no” porque no ha habido lugar para que sencillamente pudiera decir “no”?
¿Qué lugar han tenido históricamente los deseos de las mujeres? ¿Han sido considerados y respetados?
Respondamos a los planteos que a esta altura se suelen esgrimir en el lector: que el Patriarcado también afecta a los hombres y que hay también histerias masculinas. Efectivamente es así. Es tan cierto eso como que leer buscando lo que falta en un texto es un acto logrado. Siempre habrá lo que no se dice y se podría haber dicho. Justamente la propuesta aquí es ver si podemos leer algo distinto a lo que ya sabemos de antemano. Así tal vez podamos darle a la histeria una buena oportunidad.
Que la histeria se produzca especialmente en mujeres no es una casualidad. Son ellas las que han sido ubicadas en el lugar de un objeto de satisfacción al servicio de otros. Los fantasmas no son creativos. Reproducen lo instituido y naturalizado permitiéndole al sujeto darle una vuelta a esa estacada, producir una ficción
enmarcada en las significaciones sociales que muchas veces pretendería cuestionar.
Podemos pensar que la histeria es un cuadro psicopatológico que se resiste a la feminidad o podríamos pensar que es lo que la feminidad, desoída y degradada, puede hacer, cuando puede.
Tal vez la histérica persiste en la queja para que su reclamo de legitimación del deseo – errático, improductivo, funcional a nada- no muera.
Efectivamente, la histeria ha sido ubicada en las mujeres mayormente porque hay algo de lo femenino que resuena en su reproducción de síntomas, quejas, insatisfacción. Pero también es real que existe histeria masculina y ello debido al lado femenino de los hombres tal como es posible entender a través de las fórmulas de la sexuacion.
No nos olvidemos de separar las cuestiones sociales dónde las mujeres fueron ubicadas como objetos de placer o restringidas al hogar o silenciadas en su autonomía. Las reuniones antiguamente dividían las conversaciones en alas diferentes de un mismo sitio de reunión y los hombres “hablaban de cosas importantes” entre ellos y las mujeres se retiraban a charlar “sus nimiedades”. Eran relegadas a servir, atender y mayormente a no opinar sobre “asuntos importantes”. Aunque intra muros sabemos por la historia que ellas tenían su modo de hacerse oír, pensar y actuar aunque mantenidas más en las sombras del secreteo entre ellas o los susurros de la íntimidad con ellos.
También hay un modo de goce particular de la histeria que nada tiene que ver con conquistas sociales o espacios culturales que habilitaron para hacerse oír y conquistar lo que antes estaba restringido. Es la particularidad de la histeria, del discurso que hace lazo social si nos vamos por el lado de los discursos lo que se hace oír.
Si se tratara a la histeria como una patología tendría sus particularidades descriptivas como cualquier otro cuadro psicopatologico. Tal vez esa descripción no sea suficiente para abarcar en pocas palabras la dimensión de la histeria como una posición. Un modo de ser en el mundo a groso modo sin olvidarnos que no existe la “pureza” de lo que pretende abarcar una descripción encasillada. Será en la singularidad de cada quien y los en enlaces particulares de cada nudo desde donde seguiremos el hilo para desgastar el goce que habita el padecer de cada ser hablante.